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21.3.11

La lengua de las mariposas

Ilustración: Annie Boberg. Flower time


Hoy celebramos en Rania la llegada de la primavera, las ranitas saltan de alegría disfrutando de los cálidos abrazos del sol.

Y también nos unimos a la celebración del Día Internacional de la Poesía, decretado por la UNESCO en 1999.

Por eso queremos compartir algunos poemas inéditos.
Poemas hechos por los niños en nuestros talleres de expresión creativa. Poemas para retomar nuestra sección 1010: lecturas binarias.

De la lectura a la conversación y de la conversación a la creación, aquí está nuestra celebración por el Día Internacional de la Poesía:


Ilustración: Vicky Ramos


Juego

El sol
está jugando con la luna

y cuando aparecieron las estrellas
se fueron a dormir

Valerie, 3 años




Ilustración: Sarah Brannen


Marineros

Me gustan los marineros
hacen tantas cosas

inflan las velas
las echan al viento
y el barco navega

Siul, 6 años



Ilustración: Mathew Finger


Hora de salida

La luna sale a la una

es su hora del recreo

Saraid, 4 años

Y este último poema nos calienta el corazón porque lo hizo una persona muy especial: Saraid es una pequeña poeta que hoy también celebra otro día, el Día mundial de las personas con Síndrome de Down.

Hoy celebramos doble con nuestra mariposita amada, especial y creativa.


13.12.10

Asilo para la Virgen

La ilustración es de Javier Zavala


Hace algunos años hicimos un concurso en Librería Sónica para ver qué pasaría si María y José llegaban a tu casa pidiendo posada para que naciera el niño Jesús. El ganador fue Carlos Fuenmayor, a quien ya conocen por la sección del mes anterior de 1010: lecturas binarias. Y si repetimos con el autor este mes, es porque su relato refresca estas festividades con un agradable sentido del humor, donde lo cotidiano se cuenta y se convierte en mágico.

Si la virgen María y José se presentaran en mi casa pidiendo asilo porque María está a punto de dar a luz, mi mamá se volvería loca. Estamos hacinados: además de mis dos padres somos cuatro varones y tres hembras, sin contar un perro, un gato y un loro viviendo en una sola casa (sobre todo ésta que es un chiquero).

Según mi madre este no es el lugar para atender a una mujer apunto de dar a luz y ninguno de nosotros es médico o partera. Los acogería, claro, pero estaría vuelta loca entre atenderlos, ordenar la casa un poco y que la nevera está vacía; que no hay nada, pero nada que ofrecerles.

Mi padre seguramente se pondría a hablar con José sobre su infancia para -en algún momento- comenzar a hablar después de lo insegura que es Caracas hoy y también sobre política, seguramente con el sonido de la televisión o la radio de fondo. Nosotros también estaríamos angustiados, no podríamos dormir, pero jamás competiríamos con la angustia de nuestra madre -digo yo-.

Seguro que para complicar el asunto el fregadero o la nevera comienzan a botar agua, siempre es así, estas cosas pasan cuando uno menos lo desea, pareciera que la casa tiene vida y no le caemos bien (bueno quizás este día la casa no tendría nada que ver y sería cosa del demonio).

Quizás nuestro gato Rasputin se presentaría con un pajarito o ratoncito muerto para que mi madre se desespere más y más (también se le podría ocurrir al gatito vomitarse la alfombra). Rasputin de seguro no entregaría a su presa con facilidad para ser botada dentro de un cesto de basura.

¿Qué más podría decir? Los que vieron al niño nacer no serían la mula y el buey, sino un perro y un gato. De seguro José y María levantando el rostro al cielo dirían “Dios mío a dónde vinimos a parar”.

Dejo de escribir, parece que mi mamá a esta hora de la noche le acaba de abrir la puerta a dos personas y por una razón que desconozco esta muy nerviosa, muy nerviosa.

29.11.10

Su verdor me salva

La ilustración es de Elena Odriozola

Carlos Eduardo Fuenmayor es un querido amigo. Y es poeta. De esos escritores que puede poner en una imagen un sentimiento difícil de aprehender con palabras.

Un día nos dio a leer este poema e inmediatamente los versos se deslizaron hasta nuestra sección 1010: lecturas binarias. Primero desde la intimidad de un correo, luego desde su blog.

Esperamos que lo disfruten.

Su verdor me salva

ese árbol en la ventana
al igual que yo
en la noche sueña

que corre por cientos de mundos
que es un gran lobo una ballena azul
un dragón volador

ese árbol todas las noches
me presta sus sueños
mis sueños
me salva

10.10.10

Invéntame un azul de tocar


La ilustración es de Miguel Tanco, uno de nuestros favoritos.

Reyna Varela Labrador, poeta y amiga, nos obsequió un poema único, inédito y maravilloso. Un poema lleno de magia que reservamos para compartir en nuestra sección 1010:lecturas binarias del mes de octubre: 1010 en el 10/10/10.

La magia llama a lo mágico. Fue así como aparecieron estos versos, obsequio de cumpleaños que nos dejó Reyna.

Pero mejor que sea ella quien deje sus palabras mágicas:

Les cuento: Bajando mi biblioteca para ordenarla, encontré "Circulen Caballeros Circulen" autografíado y dedicado por mi amigo Javier Villafañe, el Gran Cuentacuentos y Titiritero. Dentro del libro hay un sobre con unas cintas escritas, que uno puede sacar y desordenadamente colocar sobre la mesa. Como si de un mensaje en una botella se tratase, o uno salido al frotar una lámpara mágica, después de muchos años, pensando en ustedes, esto apareció:

invéntame un azul de tocar
unos hierros una lengua acariñando el ocio
la sota y el caballo se escapan de los dedos
y la encuentro
bruja
de gata salvaje
me hielo hasta detrás del frío
de unos tigres
un zapato con ceniza y lluvia
su pequeña altura
estoy llámándote
enredaderas
es un viento de uvas en la frente
donde señalo con el índice podés leer "te amo"
la busco
de lápiz de cuaderno de catedral sin pájaros
y la sigo buscando con ella al lado
un engaño de selva
en un humo mojado
un ajedrez donde el alfil no es torre
doliéndome su mano mi sombra.


(Este poema no se repetirá nunca más)


Una poética ilustración y un hermoso poema nacido al azar de las páginas y el tiempo. ¿Te ha gustado? Comparte con nosotros tu comentario =)

_____

Como colofón, les dejamos varios vínculos a otros poemas nacidos de esta misma manera y cuyas semillas dejó al viento el mismo árbol:

7.9.10

12.8.10

Suspiros y saltos

La ilustración es de Laura Di Francesco

Este mes en 1010: lecturas binarias las palabras no vinieron de otro blog, si no desde un e-mail. Encontraron otra vía entre ceros y unos para llegar hasta el sistema central de Rania y meterse en esta sección con el beneplácito de todos.

Desde el otro lado del teclado, MIbelis Acevedo nos mandó una serie de poemas breves, haikus para niños (y grandes con corazón de mazapán):

Veo, veo.
Haikus, suspiros y saltos en 17 sílabas.

1
Colibrí vuela
Va el aire rasgando
Ligera tela.

2
Vaga certeza:
Cangrejo: ¿seguro vas,
o es que regresas?

3
Gato, ovillo,
Ninguno se atrapa,
Gresca de niños.

4
La luciérnaga:
Vaho mínimo del sol
Bostezo del día.

5
En el tejado
La luna ronronea
Para dormirnos.

18
Abracadabra!
Brota una flor de trapo
Sobre mi cama.

19
Mi sombra danza
No teme al día, salta
Yo la persigo.

20
Rara fortuna
En espejo del charco
Flota la luna

24
Mi niña canta:
Flota espuma y miel
En su garganta

¿Te han gustado? Entonces te invitamos a dejarle un comentario.

8.7.10

La niña de las trenzas de melcocha


La ilustración es de Liz Amini-Holmes



Para nuestra cuarta entrega de 1010:lecturas binarias, el escritor venezolano
Diego Rojas Ajmad ha aceptado nuestra invitación para visitar el Reino de Rania con uno de sus cuentos: "La niña de las trenzas de melcocha". Una historia de fe y esperanza, donde el amor obsequia valentía a un pequeño caballero que desea rescatar a su dama de una manera poco ortodoxa, pero llena de candor.

¡Qué lo disfruten!


La niña de las trenzas de melcocha


Pancho Centeno tomó la decisión de no toparse más por los pasillos de la escuela con la niña de las trenzas de melcocha. No quería sentir más esa extraña sensación que lo hacía sudar más de la cuenta –como si hubiera jugado tres partidos de fútbol seguidos– y que además lo hacía tartamudear hasta hacerle imposible pronunciar su propio nombre. Ya estaba cansado, cada vez que la veía, de andar como si tuviera en la barriga un hormiguero de bachaco. De ahora en adelante tendría más cuidado al momento de salir al recreo y juró no usar más la treta de disfrazarse de diablo de comparsa para poder pasar inadvertido a su lado y observar de cerca sus colitas trenzadas que parecían –según oyó decir a sus amigas– un dulce de melcocha. La última vez que usó el disfraz fue hace tres meses después del carnaval; lo metió en su morral y a la hora del recreo se lo puso para ser durante toda la tarde el hazmerreír de la escuela. Pancho recuerda las carcajadas de la niña del tercer grado, quien con sus amigas señalaba al apenado diablo.


La verdad era que esa situación lo estaba enfermando. Tener que ver a la niña de las trenzas de melcocha todas las mañanas en la escuela de El Pao y que de paso cada vez que la veía volvía el mismo sudor, el mismo tartamudeo, el mismo hormiguero en la barriga. Ya Pancho Centeno no podía prestar atención a nada y siempre que la maestra le hacía una pregunta lo pillaban con las manos en la barbilla, y los ojos en dirección a las trenzas de la niña.

-A ver Pancho, explícanos el proceso de producción del hierro. Seguro lo sabes porque tu papá trabaja en la mina.

Y Pancho siempre contestaba con un balbuceo y un “¿qué, ah?”, que le ameritaba un castigo.

Cierta vez, el pupitre de la niña de las trenzas de melcocha estuvo desocupado toda la clase. Al comienzo Pancho sonrió porque dejaría de sentir los males que le provocaba el ver a la niña; pero a los pocos minutos lo invadió una sensación de vacío, de tristeza infinita que lo hacía ahora ver constantemente hacia el suelo. En el recreo se enteró de lo que le ocurría a la niña: “no vino porque tiene anemia”.

Pancho corrió hacia la biblioteca para investigar qué era eso que impedía a la niña de las trenzas de melcocha ir a la escuela. El enorme diccionario asustaba a Pancho cada vez que éste pasaba el dedo por sus páginas y conseguía palabras como “anémona”, “anegar”, “anélido”. Cada palabra hacía arrugar la frente de Pancho, pues lo complicado y difícil de esas palabras presagiaba la proporción de maleficio de la “anemia”. “Enfermedad causada por deficiencia de hierro”, encontró Pancho como definición de la palabra buscada.

-Si lo que le falta es hierro, pues hiero le buscaré, dijo Pancho con la firme decisión de volver a ver a la niña.

El plan era sencillo. Después de la clase, luego de la explosión de las tres de la tarde que anunciaba que la dinamita fue usada para extraer el hierro, Pancho Centeno se escabulliría en el tren para llegar a la mina y llenar así su morral, para llevarlo luego a la casa de la niña de las trenzas de melcocha. Fue fácil cumplir el plan trazado, pues los relatos que el padre de Pancho hacía a la hora de la cena le habían hecho conocer los más pequeños detalles de la mina. Con su abultado y pesado morral, Pancho se dirigió a la casa de la niña. Fue tanta la obsesión de Pancho Centeno por ver nuevamente a la niña de las trenzas que estuvo mojándose por la lluvia esperando a que saliera de su casa. Pancho esperó toda la tarde y parte de la noche con el pesado morral sobre sus espaldas, pero lo único que consiguió fue enfermarse...

Y ya en su casa, empapado, vinieron los consabidos regaños, los “por qué no tienes más cuidado”, los “nunca más saldrás a jugar con tus amigos”, los “seguro estabas jugando fútbol en la lluvia”. Pero Pancho Centeno estaba absorto pensando en las trenzas de melcocha. Y ya de noche, Pancho comenzó a sentir fiebre. Y en su delirio, hablaba de cosas extrañas, de una historia que más o menos fue relatada por él mismo, ante toda la clase, de la siguiente manera:

***

Como sucede muchas veces, a uno le da por conocer el mundo: busco en los mapas y me convierto en viajero, busco en los sueños que me produce la fiebre cuando me mojo por la lluvia y viajo.

Mucho me han hablado de países lejanos, de montes salvajes con hombres come-hombres y tigres vegetarianos, de ríos que se tragan embarcaciones enteras para luego eructar burbujas, de hielos tan fríos que resfriarían al mismo sol si se les pusiera a su alcance Y también de hechizos de hombres buenos y de otros que no lo son tanto. Pero, dentro de esos países, que son muchos, hay uno llamado El Pao, antiguamente San José Obrero, que nunca ha aparecido en los mapas y aunque ha sido visitado muchas veces por montones de científicos y otra inmensa cantidad de hombres de letras, hasta ahora no he podido saber si se encuentra más cerca del polo norte o pisando la raya del Ecuador, si lo atraviesan varios mares o si acaso un río le refresca la barriga; tampoco sé si es pesado por el cemento y el asfalto con los cuales se arropa para protegerse del frío –como yo lo hago ahora con las sábanas– o liviano, muy liviano, por sus grandes cosechas de algodón que cada año recogen y mandan a otros lados para que las fábricas hagan palitos para limpiarse los oídos y del otro que no debieran hacer, ese suavecito que empapan en alcohol y nos lo pasan por el brazo para que venga la enfermera y ¡pum!, como una avispa clave ese puyonazo diciéndonos que no deberíamos andar por ahí mojándonos porque nos enfermamos y no podemos ir a la escuela a seguir haciendo dibujos. Pero la enfermera no conoce bien ese sitio. Cuando la maestra manda el papel de fin de lapso con las notas que uno ha sacado, mamá lo que dice es “otra vez te pusieron Muy Distraído, se distrae con sus compañeros”, y otra vez me obligan a tomar el libro aburrido con el ridículo tren que arrastra las vocales. Y no es que sea un distraído, sino que estoy preparando un viaje a ver si algún día puedo visitar ese país que llaman San José Obrero y acabar con el algodón de las inyecciones y que solamente siembren allí maíz para hacer cotufas, y si no quieren acabar con el algodón, entonces que siembren algodón de azúcar. Sé porqué no lo hacen, la excusa es que se lo comen las avispas. Claro, yo imagino que los sembradores de algodón de azúcar le temen a las picadas de las avispas y por eso prefieren sembrar del otro, como si una puyada de avispa doliera menos que una de esas que dan las enfermeras después de sobar los brazos con el algodón que ellos siembran... Pensándolo mejor, ni la puyada de la enfermera ni la de la avispa me hacen temer tanto como el estar cerca de la niña de las trenzas de melcocha...

***

Y ya en el recreo, Pancho Centeno esperaba con toda la valentía del mundo la llegada de la niña de las trenzas de melcocha para acercársele por primera vez, entregarle su pesado morral y contarle su sueño...

De seguro iría la niña, pues Pancho recordó que en el diccionario decía que el símbolo químico del hierro es “Fe”, y como dice su abuela, la “Fe” es lo último que se pierde.

Esa era su esperanza…


Si te ha gustado, déjanos tu comentario : )


21.6.10

1949


La ilustración es de Loren Long
para el libro Toy Boat

Escogimos el solsticio de verano para publicar esta tercera entrada de 1010: lecturas binarias. Hoy navegamos junto a la joven escritora venezolana Annabel Petit por los mares de su fantasía para encontrarnos con una historia donde la aventura se aleja de los corsarios y calamares gigantes; sobre un barco toma otro lugar que le pertenece: el corazón.



1949

Justo antes de zarpar se dio cuenta de que tenía un diente flojo. A los ocho años, sus aventuras por montañas y ríos desintegrándose de frutas y flores a su paso tenían que dejarle un rastro de experiencia al menos, puesto que aún no tenía ninguna cicatriz. Eso pensaba y se sentía orgullosamente mayor y temible, sobre todo ahora que cruzaría los mares. Él y su familia tenían que hacer un viaje largo a la tierra del padre de su papá que esperaba ver a su hijo y nietos -él , una hermana mayor y una hermana bebé- visitando desde lejos, desde la América del Sur . El niño era entonces tanto Sandokan en cubierta, como Simbad asolando segunda clase, o Sir Walter Raleigh saqueando la cocina. En el comedor pinchaba las frutas del postre como si tuviera una espada, y robaba el botín de quienes no aparecían a comer, todos mareados y quejosos.

Una noche que anunciaba tormenta, uno de los capitanes intentaba fijar en la ventana un nuevo marco de metal, que siendo más grande, era inexplicable ante lo estrecho del sencillo camarote. Parecía que este aro gigante e inflexible se convertía un poco en los lentes de aumento de un Dios que necesitase seguir la travesía del barquito que venía del Sur. Como si de nada se tratara el niño esa noche desafió mar y cielo, apoyando los codos sobre las rodillas sentado sobre su cama, que era la más alta, sin dormir, testigo de lo que pasaba afuera, de agua y más agua, fuese oscura o espumosa y que con sabiduría a pesar de su bravura, traía sobre todo gotas y turbulencia a chocar contra el vidrio. Nada de peces, ya que todos estaban abajo, muy abajo, resguardados debajo del mundo.

- Estamos cruzando él Océano y es normal que haya corriente -creyeron explicar los grandes con convicción.

El diente invisible y afilado se cayó esa misma noche. A la mañana siguiente llegó el mismo capitán, un poco tieso para no tambalear, y sin esa holgura de pirata – lo que defraudó un poco al niño y lo hizo desconfiar del futuro de la nave cuando ya no estuviera ahí- y vuelta a la operación, quitó de la ventana el protector de metal que prevenía que el agua no empapase las cuchetas. Con la ayuda de estas armas modernas de caja de herramientas – nada de palos y puntas de lanza guardadas en el cinto y sacados sin aviso- la ventana volvió a ser un pequeño ojo valiente y libre pestañeando bajo las olas. Una ventanita tranquila como la que él tenía ahora bajo la lengua, blanda y segura de obtener en el futuro un fiero canino.

Cuando llegaron a Italia y antes del desembarco, el niño sigilosamente escribió sobre la pared su nombre y el año de sus asaltos: 1949. Aseguró bien los veintitrés panes robados de las mesas del desayuno esa mañana junto a las manzanas y bombones que secuestró de un bolso -o cofre- de la habitación vecina. Y enterró para siempre en la hoja de madera de la puerta el diente que amenaza alguna parte del Caribe, en un oxidado barco hoy hundido en el fondo del mar.




Este cuento fue publicado originalmente en el blog: En (el) papel


14.5.10

Siete mil kilómetros y un beso

La luna era de azúcar, de Laura Príncipe Serrano


Para esta segunda entrada de 1010: lecturas binarias, hemos tenido una colaboración muy especial: junto a Rubén Martínez Santana escribimos un poema a cuatro manos. Los versos, que nacen de la amistad, navegan esta sección y llegan al otro lado del planeta. Sencillos y cálidos, esperamos les gusten.

La ilustración nos la ha cedido amablemente Laura Príncipe Serrano, encantadora ilustradora catalana a quien conocimos leyendo entre blogs. ¡Gracias, Laura!


Siete mil kilómetros y un beso


- ¿Te he dicho en estos días lo mucho que te quiero?

- Sí, pero no me canso de leerlo.
¿Y tú? ¿Sabes cuánto te quiero?

- ¿Como para saltar el océano en un beso?

- Como para volar sobre el mar en ese beso.


4.4.10

El erizo


Puerco espín. Alondra (4 años)

Taller "Cuento, canto y juego" de la rana encantada, en la
Academia de arte Katiana de la Escuela Comunitaria Luisa Goiticoa

Esta obra ya está en Praga gracias a la invitación de los amigos del Taller Plastilinarte

Como regalo de Pascua, les dejamos esta historia fantástica, tierna y entrañable que nos ha prestado Lena Yau desde su blog Mil Orillas. ¡Gracias, Lena!

Abrimos con ella un espacio en la rana encantada para leer historias que nacieron digitales y por eso les gusta pasear de un blog a otro: 1010 lecturas binarias. Una vez al mes tendremos este punto de encuentro.


Un erizo en un bar de Lavapiés

Para el niño pez, niño fruta...mi Pez Fruta.
Para todos los niños.
(Y para los erizos)...



La historia que voy a contar sucedió tal cual la leen.

Una mañana cualquiera un erizo saltó del periódico.

Así de simple.

Primero pensé que era una O muy marcada que no había secado del todo en el papel.

Porque en ese entonces mamá leía el periódico en papel.

Yo me acuerdo.

Ella tensó las páginas y una bolita negra y apretada voló hacia arriba.

Si hubiera sido una gota de tinta no habría rebotado en la mesa.

Dio tres botes y se acomodó al lado del plato con tostadas de mamá.

Sacó a relucir sus pinchos y dijo:

Eh, tú…¿tostadas con tomate? ¿no tienes otra cosa?

Mamá miró al erizo y le contestó.

A ver, son las diez de la mañana. ¿Qué esperabas encontrar? ¿Una paella?

Acercó la nariz al erizo y le preguntó:

¿Qué hace alguien como tú aquí?

¡Eso digo yo! ¡No lo entiendo!

(Yo escuchaba todo desde mi trona. Ya caminaba pero me gustaba desayunar allí porque era amarilla y tenía un juego de armar muy chulo).

El erizo explicó.

Yo estaba caminando muy tranquilo.
Daba un paseo por Lavapiés.
Vi un letrero que decía Bar-berie y pensé que podía entrar a que me igualaran los pinchos.
Me trepé a una banqueta y vi un mostrador.
No había tijeras, brochas o espuma sino montados y tapas de toda clase.
¡Qué bien!, pensé. ¡Tengo hambre! Los pinchos pueden esperar.
No! ¡No pueden! ¡Pinchos en la cabeza y pintxos para comer!
¡Qué lío!
Pensaba en pedir una de bravas y un revuelto de ajetes cuando una fuerza me succionó.
Y de la barra del bar, caí en esta mesa tan sosa.

¡Un respeto!

Perdona pero es que al tomate no le has puesto ni aceite.

Mamá veía al erizo sin saber muy bien qué hacer.

Me dijo: Pez…¿has visto esto? Leyendo algunos cuentos de Cortázar me imaginé a los cronopios como a este erizo. Para mí eran erizos de estambre. Cuando los leas, recordarás esta historia.

Jo, dijo el erizo…qué casualidad…yo me llamo Cronos.

¿Cómo llega un erizo a un bar en pleno Lavapiés?

Vaya pregunta…abrí la puertecilla de la jaula y me escapé.

Esperé a que abrieran la puerta del piso, luego la del portal y a la chita callando, me fui andando. Como soy pequeño nadie se dio cuenta.

Mamá cogió al erizo y lo dejo caer suavemente sobre la palma de la mano.

¿Una jaula? No entiendo ¡Querrás decir una pecera! Los erizos no usan jaula.

No deberíamos, no. Ni jaula, ni pecera. Mírame bien…¡soy un erizo de tierra!

Un erizo de tierra…jajaja…escucha bien esto Pez Fruta.
Ya sé cómo llegó Cronos aquí.
Leía en el periódico que hubo un jaleo en Lavapiés porque se encontraron a un erizo caminando por la calle. Leía y releía la frase sin poder entenderla:
¿Cómo camina un erizo?
¿Cómo llegó a Madrid si el mar queda tan lejos?
Mientras más leía más me confundía.

Mamá me leyó en voz alta:

“Carlos W. y su mujer Nelly D. dueños del Bar-berie le dieron de comer al animal. Cuando las autoridades procedieron a hacer cumplir la ley, devolver al animal a su legítimo dueño, los hosteleros se resistieron a entregar al animal”.

Justo en esa frase, estornudé, abrí los brazos, estiré las páginas del periódico y saliste volando, cayendo aquí.

¿Por qué no entendías? ¿No has oído hablar de los erizos de tierra? Somos muchos. Y nadie nos pone ese apellido, de tierra, nos llaman erizos a secas.

Mamá nos habló a los dos:

En el trópico, un erizo como tú, se llama puerco espín.

¡Eh! ¡Que los erizos somos muy limpios! ¡Que nos lavamos todos los días!

Ya. Pero así se llaman. Y normalmente no viven en jaulas y no están cerca de las ciudades. Viven sueltos, a su aire, en el campo.

¿Y no conocen los pintxos? ¿los montados? ¿las bravas? ¿las cañas? ¿las pulgas?

No. Al menos las que tú conoces no. Venga. Regresa a tu historia. Quizás termines adoptado por los dueños del bar.

¡Vale! Adiós Pez Fruta. Adiós, Lena. Si pasáis por Lavapiés id a verme.

El erizó planchó sus pinchos hacia atrás.

Mamá cogió a la bolita negra y la dejó caer en el papel.

Abrió un libro y me leyó:

“El canguro Tristán volaba en un globo…”

- Mamá: ¿qué es un canguro?

- Es un animal muy gracioso que vive en Australia y salta muy alto.

- Pero también es un plátano ¿verdad?

- No cariño. Estás confundiendo un canguro con un cambur.


“El globo se estropeó y el canguro Tristán lo llevó a un mecánico”.


- Mami: ¡Yo sé que es un mecánico!

- ¿Qué es, Brufi?

- ¡Un barco muy grande que choca con hielo y se hunde!

- Nooooooo, jajajaja, ese es el Titanic.


Mamá siguió leyendo y aparecieron muchas palabras nuevas.

Eso pasó hace mucho.

Pero ya te dije que yo me acuerdo.

Ya no como en la trona aunque conservo el puzle.

Sé conducir bici sin ruedines, patinete y patines en línea.

Mudé tres dientes de leche.

Y no entiendo por qué en una peli que se llama “Cantando bajo la lluvia” no ponen “It´s raining again” que es una canción que mi mamá me presta.
..........................................

Pez, vas a llegar tarde al cole…¿con quién hablas?

Con el futuro, contesta, mientras apunta al espejo. Mi amigo el futuro.

(Me estremezco al leer lo último que apunté en mi libreta: “Los límites de mi lengua son los límites de mi mundo”).

L. Wittgenstein y el Pez Fruta saben cosas que yo no sé.



La historia es de Lena Yau y fue publicada originalmente en el blog Mil orillas. Como nos gustó tanto le pedimos permiso para compartirla y ella, con mucho ánimo y alegría, nos dejó. Si les ha gustado, por favor déjenle aquí una notita para que sepa y pasen a visitarla...

16.3.10

Lobo al hambre


La verdadera historia de Caperucita


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un Límerick para Ari

Tras mucho afán por lucir su pelaje
un lobo adelgazó ¡tanto como un alambre!
No probó comida
en más de treinta días.
Y finalmente, se murió de hambre


Este límerick fue publicado originalmente en Pomarrosas y cerezos y se me ocurre que se podría hacer una sección de lecturas digitales en el blog...